IDEAS LOCAS

Yo, que quería parecerme a ti
en todo cuanto pudiese,
que perseguía quimeras
sin rendirme, por entonces.

Yo era de guardar mis opiniones
bajo llave,
por miedo a que chocasen
con las tuyas,
y se perdieran esparciéndose
por el aire.

Así que yo prefería escucharte,
sin querer darle, sin embargo,
mucha importancia a tus palabras.
Para intentar luego sorprendente,
y hacerte creer que yo pensaba
aquello mismo, casualmente.

Las cosas que tendríamos en común
se podrían contar con un café
si coincidíamos algún día paseando
entre las cuatro y cinco de la tarde.
Incluso con cerveza y vino, en su defecto,
si eran entre las once y doce de la noche.

Y al final vino,
Febrero y después Marzo,
y yo seguía con las opiniones
escondidas en balas de escopeta,
y sabía que jamás las dispararía,
por no hacer mucho ruido allí arriba.

Yo sentía algo extraño dentro,
como si te tuviese que pedir permiso
para poder discernir de tus ideas.

Todo era por conocerte,
aunque no lo creyeses,
porque para mí eras y serás
el modelo a seguir sin desviarme.

Después de ti
no hay nadie,
claro está,
y más allá está todo,
y lo que venga.

Y al final vino,
el café a las cinco.
Sentados en la barra
de un bar de playa,
me obligué a rebatir
tus opiniones,
como jamás había hecho nunca,
con nadie.
Y me dijo entonces,
que así estaba guapísima.

Me llamaba
la chica de las ideas locas,
porque, quizás, en el fondo,
y muy al fondo, a la derecha,
allí donde estábamos sentados nosotros,
llevase algo de razón en todo aquello que decía.

Ana Martínez

5 comentarios en “IDEAS LOCAS

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