SEVILLA

Creo que recorrí las calles de Sevilla,
pero no estoy del todo segura.
Yo recuerdo haber vivido la experiencia
en primera persona, y así lo relato.

Pasé por Sierpes y por Tetuán
aspirando con empeño todo
el aire del ambiente; que colmó
de oxígeno mis pulmones,
y de recuerdos colmó también mis ideas.

Seguí los raíles del tranvía,
dirección al río Guadalquivir;
y avancé hacia el ayuntamiento
donde, ya sin vida, se alojaba
Cayetana, la duquesa de Alba.

De regreso al hotel por el Paseo de las Delicias,
vi alumbrado el puente de Triana;
y sin venir mucho a cuento,
me acordé del Cristo de los Gitanos,
y de la Semana Santa de Sevilla.

Miré al suelo, a los coches,
a los edificios, a las farolas,
al cableado eléctrico,
a una pareja dándose un beso;
y en la simpleza de todas esas cosas
vi mi fiel reflejo.

A medida que avanzaba,
la atmósfera se fundía en la pureza,
la luz fenecía en las viviendas,
y todo lo que allí ocurría era digno de alabanza.

Y mientras todo esto coexistía en mi persona;
me acordé de la Maestranza,
de la Torre del Oro, y de la Giralda.
Debió pensar la gente que estaba desorientada;
y de hecho lo estaba.

En vano traté de asimilar toda la belleza,
que de golpe me hechizaba,
y por un instante
me fascinó la vida.

avenida
Avenida de la Constitución, Sevilla.

Ana Martínez.

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