PACIFISMO ELECTORAL

De sobra sabemos que reviste los estratos sociales un pavoroso silencio, como la calma que hay tras el vapor que oculta un cielo entre sus nubes. Durante estos años de totalitarismo encubierto, persiste en nosotros lo inmoral, el mutismo, la afasia; simples vicios que con tanta perseveracia han querido seducirnos, y que ya hace tiempo lo hicieron. Cuando dijeron bajad las pancartas y agachad la cabeza no debimos ignorarlo, pero lo hicimos. Cuando se iba a las manifestaciones con miedo, ahí fue el momento de preocuparse. También hubo quien huyó deseando perder de vista sus orígenes, motivados por una ruptura con la educación elitista española.
España, ese país en el que la diferencia entre el sector público y el privado no se halla más que en alguna definición enciclopédica. Ese país en el que únicamente se nombra la constitución para hablar de incumplimiento o desacato de leyes. Ese país en el que se roba por cortesía, donde se habla de cifras desproporcinadas y políticos corruptos.
Los gobernantes, en lo que sólo se podría interpretar como un gran gesto de amabilidad, nos han invitado ya dos veces a su gran fiesta de la democracia, digamos que han sido espléndidos con el pueblo recordándonos siempre el valor que tienen nuestros votos. Y ahora podríamos debatir, ya por tercera vez, entre acceder una vez más a la camorra de puros habanos y casinos americanos, o comentar la juerga desde casa; esto último asumiendo que desgraciadamente no podremos elegir entre un fascismo delicado o un amable leninismo.

Ana Martínez.

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